Vida
religiosa y ofrendas
Las ofrendas jugaron un papel fundamental dentro del sistema
de prácticas religiosas de las antiguas sociedades de la Cordillera Oriental. A
través de ellas buscaron mantener el equilibrio del mundo.
Ofrendas de oro, madera, cuentas de piedra, artefactos de
concha y hueso, uñas, pelo, semen, sangre, tabaco, coca y otras sustancias
alucinógenas; bebidas, comidas, plantas y hierbas; textiles, vasijas de
cerámica, canastos, cristales de cuarzo, carbón y un gran número de esmeraldas
fueron objetos que encarnaron a través de su materia y forma, algunos de los
principios básicos del amplio sistema de oposiciones alrededor del cual se
organizaba el cosmos para estas poblaciones.
Principios que tomaban vida cuando los objetos eran
depositados en lugares sagrados como lagos, ríos, cuevas, terrazas agrícolas,
cimas de montañas o colinas, plantas de viviendas, templos y tumbas. Allí
acudían los jeques a depositar aquellas ofrendas que, a través de su
conocimiento y sus actos adivinatorios, en su concepto poseían las facultades
que se requerían para enfrentarse a aquellos fenómenos naturales o eventos
sociales que les afectaban, y que eran consecuencia de las alteraciones del
equilibrio cósmico dual.
Objetos como los tunjos o santillos, que eran figurinas de
oro y tumbaga con forma humana o animal, o de objetos de uso personal y
cotidiano, o escenas de vida, eran entregados por lo general en parejas o
grupos. Las dos figuras encarnan una pareja de opuestos, como el hombre y la
mujer.
Sin embargo, esta liberación de las fuerzas de los objetos
no se conseguía solamente con la entrega de las figuras de manos del jeque en
aquellos lugares sagrados. La comunicación con el mundo inmaterial era bastante
más compleja, y de la precisión del proceso en su totalidad dependían los
beneficios que se pudiesen obtener. Ésta se llevaba a cabo en momentos
determinados por uno o varios jeques en ceremonias conformadas por rezos,
cantos y bailes que eran escogidos por estos sacerdotes según las necesidades
de la ofrenda.
Distintos cronistas de la conquista española en América
mencionan la leyenda de Eldorado, un antiguo mito europeo que los
conquistadores tenían presente al adentrarse en el continente: una ciudad donde
todo es de oro, un cacique que no se adorna con pectorales o narigueras, sino
que cubre su cuerpo con polvo de oro.
Los cronistas de la conquista de los muiscas, en la
Cordillera Oriental de Colombia, asociaron pronto y fácilmente esa leyenda con
las ceremonias de ofrenda que estos indígenas celebraban en las lagunas del
altiplano. La descripción de Juan Rodríguez Freyle, de 1636, en su libro
Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada o El carnero, con ser muy
tardía, es sin embargo la mejor.
"Era costumbre entre estos naturales que el que había
de ser sucesor y heredero del señorío o cacicazgo de su tío, a quien heredaba,
había de ayunar seis años metido en una cueva que tenían dedicada y señalada
par esto, y que en todo este tiempo no había de tener parte con mujeres, ni
comer carne, sal ni ají y otras cosas que les vedaban; y entre ellas que
durante el ayuno no habían de ver el sol, sólo de noche tenían licencia para
salir de la cueva y ver la luna y estrellas y recogerse antes que el sol los viese.
Y cumplido este ayuno y ceremonias se metían en posesión del cacicazgo o
señorío, y la primera jornada que habían de hacer era ir a la gran laguna de
Guatavita a ofrecer y sacrificar al demonio (sic) que tenían por su dios y
señor. La ceremonia que en esto había era que en aquella laguna se hacía una
gran balsa de juncos, aderezábanla y adornábanla todo lo más vistoso que
podían, metían en ella cuatro braseros encendidos en que desde luego quemaban
mucho moque, que es el sahumerio de estos naturales, y trementina, con otros
muchos y diversos perfumes. Estaba a este tiempo toda la laguna en redondo, con
ser muy grande, y hondable de tal manera que puede navegar en ella un navío de
alto bordo, la cual estaba toda coronada de infinidad de indios e indias, con
mucha plumería, chagualas y coronas de oro, con infinitos fuegos a la redonda;
y luego que en la balsa comenzaba el sahumerio lo encendían en tierra, en tal
manera, que el humo impedía la luz del día.
"A este tiempo desnudaban al heredero en carnes vivas y
lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo y
molido, de tal manera que iba cubierto todo de este metal. Metíanle en la
balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y
esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la balsa cuatro
caciques, los más principales, sus sujetos, muy aderezados de plumería, coronas
de oro, brazales y chagualas y orejeras de oro, también desnudos, y cada cual
llevaba su ofrecimiento. En partiendo la balsa de tierra comenzaban los
instrumentos, cornetas, fotutos y otros instrumentos, y con esto una gran
vocería que atronaba montes y valles y duraba hasta que la balsa llegaba al
medio de la laguna, de donde, con una bandera, se hacía señal para el silencio.
"Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el
oro que llevaba a los pies en el medio de la laguna, y los demás caciques que
iban con él y le acompañaban hacían lo propio, lo cual acabado abatían la
bandera, que en todo el tiempo que gastaban en el ofrecimiento la tenían
levantada, y partiendo la balsa a tierra comenzaba la grita, gaitas y fotutos
con muy largos corros de bailes y danzas a su modo, con la cual ceremonia
recibían al nuevo electo y quedaba conocido por señor y príncipe.
"De esta ceremonia se tomó aquel nombre tan celebrado
del Dorado, que tantas vidas ha costado."
Juan Rodríguez Freyle, Conquista y descubrimiento del Nuevo
Reino de Granada, conocido como El carnero, 1636.
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