domingo, 10 de mayo de 2020

Cultura Muisca




Vida religiosa y ofrendas
Las ofrendas jugaron un papel fundamental dentro del sistema de prácticas religiosas de las antiguas sociedades de la Cordillera Oriental. A través de ellas buscaron mantener el equilibrio del mundo.
Ofrendas de oro, madera, cuentas de piedra, artefactos de concha y hueso, uñas, pelo, semen, sangre, tabaco, coca y otras sustancias alucinógenas; bebidas, comidas, plantas y hierbas; textiles, vasijas de cerámica, canastos, cristales de cuarzo, carbón y un gran número de esmeraldas fueron objetos que encarnaron a través de su materia y forma, algunos de los principios básicos del amplio sistema de oposiciones alrededor del cual se organizaba el cosmos para estas poblaciones.
Principios que tomaban vida cuando los objetos eran depositados en lugares sagrados como lagos, ríos, cuevas, terrazas agrícolas, cimas de montañas o colinas, plantas de viviendas, templos y tumbas. Allí acudían los jeques a depositar aquellas ofrendas que, a través de su conocimiento y sus actos adivinatorios, en su concepto poseían las facultades que se requerían para enfrentarse a aquellos fenómenos naturales o eventos sociales que les afectaban, y que eran consecuencia de las alteraciones del equilibrio cósmico dual.
Objetos como los tunjos o santillos, que eran figurinas de oro y tumbaga con forma humana o animal, o de objetos de uso personal y cotidiano, o escenas de vida, eran entregados por lo general en parejas o grupos. Las dos figuras encarnan una pareja de opuestos, como el hombre y la mujer.
Sin embargo, esta liberación de las fuerzas de los objetos no se conseguía solamente con la entrega de las figuras de manos del jeque en aquellos lugares sagrados. La comunicación con el mundo inmaterial era bastante más compleja, y de la precisión del proceso en su totalidad dependían los beneficios que se pudiesen obtener. Ésta se llevaba a cabo en momentos determinados por uno o varios jeques en ceremonias conformadas por rezos, cantos y bailes que eran escogidos por estos sacerdotes según las necesidades de la ofrenda.
Distintos cronistas de la conquista española en América mencionan la leyenda de Eldorado, un antiguo mito europeo que los conquistadores tenían presente al adentrarse en el continente: una ciudad donde todo es de oro, un cacique que no se adorna con pectorales o narigueras, sino que cubre su cuerpo con polvo de oro.
Los cronistas de la conquista de los muiscas, en la Cordillera Oriental de Colombia, asociaron pronto y fácilmente esa leyenda con las ceremonias de ofrenda que estos indígenas celebraban en las lagunas del altiplano. La descripción de Juan Rodríguez Freyle, de 1636, en su libro Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada o El carnero, con ser muy tardía, es sin embargo la mejor.
"Era costumbre entre estos naturales que el que había de ser sucesor y heredero del señorío o cacicazgo de su tío, a quien heredaba, había de ayunar seis años metido en una cueva que tenían dedicada y señalada par esto, y que en todo este tiempo no había de tener parte con mujeres, ni comer carne, sal ni ají y otras cosas que les vedaban; y entre ellas que durante el ayuno no habían de ver el sol, sólo de noche tenían licencia para salir de la cueva y ver la luna y estrellas y recogerse antes que el sol los viese. Y cumplido este ayuno y ceremonias se metían en posesión del cacicazgo o señorío, y la primera jornada que habían de hacer era ir a la gran laguna de Guatavita a ofrecer y sacrificar al demonio (sic) que tenían por su dios y señor. La ceremonia que en esto había era que en aquella laguna se hacía una gran balsa de juncos, aderezábanla y adornábanla todo lo más vistoso que podían, metían en ella cuatro braseros encendidos en que desde luego quemaban mucho moque, que es el sahumerio de estos naturales, y trementina, con otros muchos y diversos perfumes. Estaba a este tiempo toda la laguna en redondo, con ser muy grande, y hondable de tal manera que puede navegar en ella un navío de alto bordo, la cual estaba toda coronada de infinidad de indios e indias, con mucha plumería, chagualas y coronas de oro, con infinitos fuegos a la redonda; y luego que en la balsa comenzaba el sahumerio lo encendían en tierra, en tal manera, que el humo impedía la luz del día.
"A este tiempo desnudaban al heredero en carnes vivas y lo untaban con una tierra pegajosa y lo espolvoreaban con oro en polvo y molido, de tal manera que iba cubierto todo de este metal. Metíanle en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la balsa cuatro caciques, los más principales, sus sujetos, muy aderezados de plumería, coronas de oro, brazales y chagualas y orejeras de oro, también desnudos, y cada cual llevaba su ofrecimiento. En partiendo la balsa de tierra comenzaban los instrumentos, cornetas, fotutos y otros instrumentos, y con esto una gran vocería que atronaba montes y valles y duraba hasta que la balsa llegaba al medio de la laguna, de donde, con una bandera, se hacía señal para el silencio.
"Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro que llevaba a los pies en el medio de la laguna, y los demás caciques que iban con él y le acompañaban hacían lo propio, lo cual acabado abatían la bandera, que en todo el tiempo que gastaban en el ofrecimiento la tenían levantada, y partiendo la balsa a tierra comenzaba la grita, gaitas y fotutos con muy largos corros de bailes y danzas a su modo, con la cual ceremonia recibían al nuevo electo y quedaba conocido por señor y príncipe.
"De esta ceremonia se tomó aquel nombre tan celebrado del Dorado, que tantas vidas ha costado."
Juan Rodríguez Freyle, Conquista y descubrimiento del Nuevo Reino de Granada, conocido como El carnero, 1636.
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